Hace un tiempo, pintando, se me apareció una frase: siempre se puede cuidar un poco más.
Y esa frase me disparó una pregunta: ¿qué es cuidar? Como me pasa con las preguntas grandes, no intento responderla: la habito. Esto que sigue no es una respuesta, es lo que vengo sentipensando hoy.
Vengo sintiendo que cuidar no tiene solo que ver con hacer o no hacer cosas. Pienso en esas acciones con mi hija: alimentarla, abrigarla, protegerla. Y a veces es eso. Y cuando repaso los momentos en que siento que la cuidé de verdad, encuentro otra cosa: una mirada, escucharla, un abrazo. Prestarle atención. ¿Será eso lo que todas necesitamos, casi siempre — que alguien nos preste atención? Sé que es lo que yo necesito. Y que las veces que descuidé a alguien fue por eso: por distraído.
Leí la otra vez: cuidar es quedarse. No estoy tan seguro. Porque a veces quedarse es lo correcto, y a veces la vida pide otra cosa — pide irse, pide soltar, pide callarse y salir a andar en bici. Muchas veces cuidar es decir que no. Decirle que no a mi hija cuando lo fácil era decir que sí. Sostener un límite aunque cueste. El cuidado tampoco es sobreproteger: la sobreprotección se disfraza de cuidado, y mirada de cerca es otra forma del miedo — o del apuro por ahorrarle al otro un dolor que le pertenece. Quizás cuidar no sea quedarse ni irse, dar ni negar: quizás sea atender a qué está pidiendo este momento, y no otro. Si es así, el cuidado no tiene forma fija. La forma la pone la vida; a mí me toca estar atento.
¿Y cuándo me siento cuidado? ¿Lo espero de afuera — que alguien se dé cuenta, que alguien me cuide? Menos que antes, y no creo que sea porque me endurecí. Lo agradezco mucho cuando me lo permito y llega. Todas lo necesitamos. Y voy descubriendo que sobre todo me siento cuidado cuando yo mismo me presto atención: cuando escucho qué necesito de verdad, ahora, no en general. Hay algo ahí de intuición, de cuerpo, de conectar con mi deseo. También me cuido cuando pido lo que necesito y acepto la respuesta recibida, incluso si es un no (que también algo estará cuidando). Cuando hablo si tengo que hablar y me callo si tengo que callar.
¿Y qué es descuidar? Busqué al villano y no lo encontré: no conozco a nadie que elija descuidar. Empiezo a sospechar que se descuida por distracción — y que la distracción más contemporánea se llama resultado. Cuando el resultado se vuelve lo único importante, todo lo demás se convierte en medio: el proceso, la otra persona, incluso yo mismo. Las personas pasan a "funcionar" o "no funcionar". Cada vez que me agarro descuidando algo, cuando miro bien, ahí está: el apuro por llegar a otra parte.
Las veces que sentí que el cuidado era real — velando el sueño de mi hija, escuchando a alguien sin esperar nada — la pregunta "¿quién cuida a quién?" dejaba de tener sentido. No había dos: había una sola cosa pasando. Cuidar a otro y cuidarme no son dos gestos, son el mismo. Y en esos momentos aparece algo que solo puedo llamar paz. Una paz que nace adentro, y a la vez no es mía en absoluto: un fondo que siempre estuvo, que veo recién cuando dejo de hacer olas. Desde ahí se ve claro que cuidar no es corregir nada. Es dejar de pretender que este momento sea distinto de como es.
La aceptación radical de lo que es, quizás, es el cuidado más profundo.
Si me preguntan qué es lo que más me cuesta cuidar, hoy respondería: mi propia atención. Dónde la pongo, quién se la lleva, cuántas veces por día me voy sin moverme. Tengo la certeza de que cuidarla es cuidar todo lo que toco: mi verdad, mis vínculos, esta tierra. La vida. Y cómo me cuesta.